El otro día estaba explicando a mi hija de 7 años la diferencia entre el ego y el Yo superior.
Cuando empezaba diciendo “la mente egoica...” me interrumpe rápidamente y me dice: “¡Papá, usa palabras que un niño pueda entender!”. Por lo que intenté explicarselo de la siguiente manera:
Todos tenemos un “yo” pequeño, que es el que habitualmente usamos para movernos por el mundo. Este “yo” se siente triste o alegre, está contento o enfadado, se compara con los otros yoes, se siente separado de los demás.
Y Además tenemos un “Yo” grande, el Yo superior, al que no le importa perder o ganar, que está siempre en éxtasis, sintiendo amor y sintiendose parte de todo el universo. El Yo grande vive siempre en Paz, una paz inmutable.
El yo pequeño funciona desde el miedo, desde el sentimiento de separación, se siente amenazado por los otros yoes y está siempre compitiendo con ellos. Clasifica las cosas como buenas o malas.
El Yo grande funciona desde el amor, se sabe unido a todo y para él no existe lo bueno y lo malo, sino que sabe ver detras de cada cosa la perfección. En lugar de competir, coopera.
El yo pequeño tiene una inteligencia analítica, que fracciona cada cosa en sus partes para estudiarlas. Es científico, matemático.
El Yo grande tiene una inteligencia holística, que puede ver el significado de las cosas dentro de contextos más ámplios. Puede apreciar la belleza, la música, la poesia, una puesta de sol.
Nosotros que somos todo eso, tenemos tendencia a identificarnos con el yo pequeño, al vivir totalmente sumergidos en esta ilusión que nos hemos creado, precisamente porque en algún momento empezamos a sentirnos separados.
Una forma sencilla de sintonizar con nuestro Yo grande es ser conscientes de las cosas que hacemos que pertenecen al yo pequeño: competitividad, crítica, sensación de escasez, euforia, tristeza, rabia, miedo… y cada vez que notemos una de estas emociones, mentalmente, le pedimos a nuestro Yo grande que las cambie, que mire de nuevo la situación y la reinterprete con sus ojos. Y esos ojos de amor, paz, comprensión profunda… nos limpiarán la percepción y nos traerán el milagro de sentirnos bien al instante, de la paz interior.
Aunque no todas las palabras que empleé en la explicación son de niños, mi hija, que es muy inteligente y que está ya acostumbrada a oirme hablar de estas cosas, captó la idea y cuando luego jugamos a que identificase si tal o cual cosa pertenecía al yo pequeño o al Yo grande, lo hizo muy bien. Es un regalo para el alma del niño el poder comprender estas cosas, os animo a que lo intenteis con vuestros hijos, posiblemente os sorprendan.